Durante los años cincuenta, en Estados Unidos circulaba un secreto a voces: Harold Brodkey era uno de los mejores escritores de su generación, sino el mejor. Cuando en 1958 agrupó algunos de los cuentos con los que se había dado a conocer —sobre todo en las páginas de «The New Yorker», bajo la tutela admirada de William Maxwell— y publicó «Primer amor y otros pesares», el secreto se convirtió en un clamor.
«Primer amor y otros pesares» se lee como un retrato vívido y sugerente de una cierta juventud norteamericana de mediados del siglo XX, con sus parties, sus colleges y sus viajes a Europa. Una generación instruida, pudiente y convencional, cuya educación sentimental tendía al desasosiego y al desconcierto. Tal como dice en el prólogo Enrique Murillo, el brillante primer traductor de Harold Brodkey al castellano, «lo que le interesa a este narrador es, precisamente, ese tema de nuestro tiempo y de todos los tiempos que es la capacidad que tenemos los seres humanos para traicionar los principios por los que, supuestamente, se rige nuestro comportamiento. Por eso Brodkey le interesará tanto al lector del siglo XXI».
«Harold Brodkey será considerado como uno de los grandes escritores de nuestro tiempo.»
Harold Bloom